
Llega la primavera. Tiempo de armonía en que florece el amor de pareja y en el cual no dejamos de sorprendernos de que el ser humano, a pesar del dominio sin contrapeso de la cultura tecnológica y superficial en que vive inserto, no haya podido renunciar jamás a un ideal de amor, que busca siempre como si fuera una llamada inexorable de su alma profunda, pues necesita bañar de pureza su frenética codicia de placeres artificiales.
Sin embargo, muchos que no han bebido de las fuentes profundas de la sabiduría o bien han carecido de una educación sentimental correcta, pueden incurrir en el error de confundir pasión ciega y amor.
La pasión, al igual que el amor, atraviesa por distintas etapas y en el niño aparece como una pulsión, es decir, como un anhelo desordenado y confuso de dirigirse hacia cuanto le rodea, expresándose en beber, comer, jugar y correr. Esto significa que en el niño la pasión es un impulso torpe, ciego, que al llegar a la adolescencia se refina, convirtiéndose en deseo, es decir, en una pulsión concentrada y orientada hacia un objetivo.
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